En todos los bosques míticos hay una laguna mágica de aguas limpias y profundas, una laguna que esconde en su interior todos los misterios que han sido desde que el hombre aprendió a imaginar y a contar cuentos. Allí viven sirenas de agua dulce, ninfas y dioses menores que protegen la naturaleza del terror devastador de los humanos ignorantes que no saben soñar y que jamás descubrirán estos lugares porque no son para ellos, solo son para aquellos que, como nosotros, sabemos ver con otros ojos y sentir con otro corazón.
Nos sentamos junto al lago, bajo los sauces llorones cuyas ramas acarician las orillas, y nos dejamos llevar por su imagen única; suspiramos encantados de ser acogidos por aquel lugar sagrado, donde no todos son admitidos. Y de repente el agua empieza a agitarse y en el centro del lago unas enormes burbujas preceden a la más maravillosa de las apariciones. Poco a poco, surgiendo de esas aguas encantadas, va apareciendo una figura. Es una mujer, es una joven diosa de ojos acuáticos vestida con las algas del lago y con una larga melena de agua que se derrama sobre ella como una cascada continua. Se acerca y nos ofrece un presente único, hecho para nosotros por los habitantes imposibles del fondo del lago. Es una esfera de cristal que contiene unos colores que no hemos visto jamás. Emocionados por semejante presente le damos las gracias y tomamos la esfera entre las manos temblorosas. Las lágrimas de nuestros ojos caen sobre el lago y de esta forma le pertenecemos para siempre.